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24feb18:00- 20:00Ensamble Escénico Vocal

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Blog Música UNAM

27 noviembre, 2015
Música, cerveza y otros vicios

Música, cerveza y otros vicios

Publicación escrita por:
Rafael Torres Mercado

Me considero muy afortunado por el trabajo que tengo. Soy el responsable de corregir y editar los programas de mano de los conciertos que organiza la Dirección General de Música de la UNAM. Eso me permite ser el primero en leer las notas que acompañan nuestros programas y las semblanzas de los músicos que tocan para nuestro público. Sin embargo, el trabajo editorial debe ser invisible, o mejor dicho, como la limpieza, por lo regular sólo se nota si está mal hecho. En realidad eso no es ningún problema para mí, pero ocasionalmente surge la oportunidad de explorar una vena más creativa. Para muestra, un botón.

El año pasado me solicitaron que preparara un texto de presentación para una exposición para conmemorar los 150 años del nacimiento de Richard Strauss. Debo confesar que me puse un poco nervioso porque si bien siempre he reconocido la importancia de Strauss —a menudo designado como «el último romántico»—, no es uno de mis compositores favoritos, y por lo tanto, no era mucho lo que sabía sobre él. Por fortuna, los textos de la exposición, elaborados por alguien que sabe mucho más de música que yo, resultaron muy interesantes. En ellos se mencionaba que Strauss era hijo de Josephine Pschorr, heredera de un emporio cervecero. El nombre me sonó familiar, y al hacer memoria, investigar en internet y adquirir un libro escrito por una descendiente de esa familia escrito en el siglo XX, descubrí que la cervecería que le permitió a Strauss tener una infancia libre de preocupaciones económicas aún sigue operando.

En el Munich del siglo XVIII, el gremio cervecero estaba estrictamente regulado por rígidas leyes de origen medieval. En la ciudad sólo existían 52 fabricas de cerveza y los derechos de propiedad eran intransferibles. La única forma de hacerse de uno de esos establecimientos era heredarlo, ya sea directamente de un familiar, o al casarse con la hija de un cervecero —nótese que la regla no contemplaba que una mujer recibiera como legado una cervecería, pero ¿qué se podía esperar de leyes medievales?—; justamente eso hizo el joven aprendiz de 23 años Joseph Pschorr, cuando se casó con Theresia Hacker, heredera de una cervecera establecida en 1417. Por esa época se derogaron algunas leyes comerciales que también databan de la Edad Media, lo que le permitió a los productores de cerveza bávaros expandir su negocio y vender sus productos a donde el mercado lo demandara. Sin embargo, con tantos siglos de tradición, fueron pocos los cerveceros que pudieron enfrentar los nuevos retos. Probablemente el hecho de que Joseph hubiera nacido fuera del gremio es lo que le brindó la energía y la visión de aprovechar la coyuntura.

Botella y vaso

Uno de sus hijos, Georg, tras hacerse cargo del negocio familiar, aceleró el proceso de modernización, y hoy se le recuerda con su efigie, presente en las cervezas de trigo elaboradas por Hacker-Pschorr. En 1861, Georg se casó con Johanna Fischer-Dick, una mujer culta que, con beneplácito de su marido, organizaba reuniones en su casa en la que se daban cita intelectuales, artistas y músicos. Entre los visitantes asiduos se encontraba Franz Strauss, talentoso cornista viudo que pronto se enamoró de Josephine, la hija de sus anfitriones, 13 años menor que él. A pesar de que Franz había nacido fuera del matrimonio, sus cualidades como músico excepcional le valieron un lugar en la Orquesta de la Corte de Munich, lo que a su vez le dio suficiente legitimidad para que pudiera casarse con Josephine, por supuesto después de un largo cortejo de siete años. En junio de 1864 nació su primer hijo, Richard Strauss, y su padrino fue el hermano de su mamá, también llamado Georg. Compuso su primera marcha en honor de sus primos. A los 25 años de edad, Strauss enfermó de bronquitis y su tío y padrino lo acogió en su casa, y posteriormente lo mandó a recuperarse a regiones más cálidas, concretamente Italia y Egipto. En agradecimiento, Strauss dedicó a su benefactor la partitura de su ópera El caballero de la rosa.

Si usted ha seguido leyendo esta saga familiar que abarca cuatro generaciones, probablemente se esté preguntando qué demonios tiene que ver una historia que probablemente sólo interese a los accionistas de una poderosa cervecera bávara con el arte de unos de los compositores más importantes de la primera mitad del siglo XX, más allá de la coincidencia de haber nacido en el seno de una acaudalada familia. Simple. A menudo separamos en nuestra mente cosas para aprenderlas y recordarlas, y en ese proceso, olvidamos que no vivimos aislados. Muchos artistas de nuestro tiempo viven del apoyo que les brindan las instituciones a través de becas o de empleos formales. Eso los relaciona con los funcionarios que hacen funcionar dichas instituciones. A su vez, tienen amigos, familiares y conocidos que trabajan en todos los ámbitos imaginables. Eso mismo ha sucedido con los artistas de todas las generaciones, pero a menudo perdemos esas relaciones de vista y sólo recordamos los grandes nombres del arte como si hubieran surgido en medio de la nada. Olvidamos que hay, hubo y habrá ilustres apellidos como Mozart, Bach, Vivaldi y Dvořák, asociados a personas dedicadas a oficios completamente alejados de la música y otras artes. Si todavía tiene paciencia, permítame poner un par de ejemplos contemporáneos. Primero el caso de Robert Thurman, uno de los más importantes especialistas occidentales en arte y cultura tibetana, traductor del Dalai Lama, cuya fama palidece si se compara con la de su hija, la actriz Uma Thurman. Y aquí mismo, en México, ¿sabía usted que las actrices Dominika y Ludwika Paleta son hijas de un músico polaco que emigró a nuestro país para integrarse a la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México? Seguramente a Zbigniew Paleta no le hacían mucha gracia las voces de algunos de sus compañeros en aquella orquesta, o algunos años también en la Filarmónica de la UNAM, que socarronamente exclamaran a escondidas al verlo pasar: «¡Suegro!»

 

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